Con los ojos cerrados.

A veces observas la vida con los ojos cerrados y, ese mirarte por dentro, te hace creer que no hay nada más allá, que con dar vueltas sobre ti mismo es suficiente.
Todo está dentro. 

Un mal día.
El ansia de soledad de un corazón que se regodea en su pena y que desea, como un borracho, algo fuerte que anestesie su tristeza.

Y caes en ello, como si tuvieras que tropezar de nuevo una y otra vez con el mismo obstáculo, convirtiéndote en un triste ciego que no ve, porque no quiere mirar.



Pero, aunque no lo buscas, ocurre.
Alguien aparece, te hace forzar una sonrisa, te da conversación y, sin pretenderlo, te obliga a despegar los párpados. 

Sonríes y ya no los cierras.





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