Tic-tac, tic- tac...

No iba a escribir esta entrada. Os juro que no, que no iba a hacerlo. Pero, a pesar de que evito el pensar en ello, el caso es que está ahí, a la vuelta de la esquina (solo faltan dos días). Y mientras uno «disfruta» de la gran espera, se siente como cuando se avecina un gran viaje y la noche anterior la pasa en vela enumerando todas las cosas que ha metido en la maleta (en un intento recordar si ha olvidado algo). O quizá como cuando acudes a una cita importante y te miras y remiras para saber si has escogido la ropa adecuada... O como cuando te llama el jefazo a su despacho y te hacen esperar, lo que parecen mil horas, en un incómodo sofá. 
De esto último tengo una buena anécdota. Un día me llamaron (para algo bueno, no penséis mal) y mientras esperaba me di cuenta de que mis dedos eran como témpanos de hielo. Tenía esa sensación de que si te aprietas se caerán a trozos. ¿Así iba a darle la mano al jefe de personal? Como recurso desesperado metí las manos entre el asiento y mis piernas en un intento de buscar algo de calor corporal. Cuando entré, le tendí la mano con todas las rayas del tapizado impresas en la piel.
Me miró y no dijo nada (pero le vi sonreír con disimulo).

Y todo eso. A pesar de no querer admitirlo, mi estómago (a ratos) da volteretas.





Vale, he sido un tanto críptica, pero no sé si quiero hablar de ello. ¿Y si da mal fario?
Ainss... Y es que las cosas importantes, aunque las esperes, siempre te pillan desprevenida.


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