Y de nuevo se cierra el ciclo... En manos de las lectoras cero.

No sé si ahora mismo le tengo más pavor a ver las primeras reacciones, las de mis lectoras cero, que a lo que siento cuando veo un nuevo título mío en internet. 
Lo digo muy en serio.
Cuando el libro ya está en la calle, aunque hay muchos nervios, tú ya estás convencida de que lo que querías es eso. Puedes estar equivocada, puede que a una mayoría no le guste o sí, quién sabe, pero te lo has currado y ya es algo muy tuyo. Pero cuando lo pasas a tus lectoras cero, el texto es un pastel a medio hornear, aún no tiene toda la definición que debería, ni la corrección con la que saldrá cuando esté preparado. Y, aún así, tú (el autor) esperas que ellos (ellas en mi caso) encuentren esa intención, ese punto de la historia, ese gancho que haga que acaben lo escrito con una sonrisa en los labios. 
No hay peor momento que ese: "¡Lo he terminado!" en su boca.
Durante unos instantes, esas tres palabras consiguen helarte la sangre y dejarte sin habla. Aunque, cuando reaccionas te vienen miles de preguntas que esperas obtengan una respuesta positiva. 
Lectoras cero: las temes, las quieres... Es así. 

Lo dicho: Me tiemblan las rodillas en el lapsus de tiempo en el que mi pequeño conglomerado de palabras está en manos de quienes tienen un texto inédito y me leen por primera vez.

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