Nada es lo que imaginas..Capítulo 11

NADA ES LO QUE IMAGINAS - Capítulo 11

Sólo quedan dos! Estamos casi terminando.
Espero que os esté gustando la historia...



CAPITULO 11


Teresa bajó de coche,  se acarició las caderas y puso en su lugar el ajustado vestido.
Inclinó su cuerpo hacia delante para mirar su rostro en el espejo retrovisor y al verse sonrió. Aspiró profundamente y dio la vuelta al coche contoneándose hasta llegar a la acera.

Sandra se apretó contra la valla rezando para que su amiga no se diese cuenta de su presencia, pero la verdad es que caminaba tan decidida que podría haber tropezado con ella y siquiera la habría mirado.

Mmmm. Debería comprobar si Sandra estaba en casa, por nada del mundo querría que en este momento la viese aparecer, aunque quizá cuando saliese triunfal fuese a hacerle una visita para restregarle su victoria. Esa mosquita muerta no iba a llevarse el gato al agua. 
El yogurazo que vivía en esta casa iba a caer rendido ante sus pies, y después de su encuentro nunca querría volver con la monjita de su vecina.

Desde su escondite, Sandra la vio acercarse al portero automático, respirar profundamente, hacer los hombros hacia atrás e hinchar su pecho. Sin ser consciente de ello, miró hacia abajo y comparó. _”Maldita sea” _pensó. _”Nunca podré competir con ella”.

No entendió lo que dijo, pero su voz sonó como un ronroneo y la puerta comenzó a abrirse despacio. Sandra se quitó los zapatos y se subió un poco falda. Con algo de suerte podría entrar antes de que se cerrase.


En el interior de la vivienda, el vecino pensó que era su día de suerte. No había tenido que salir a buscar un relajante para su ansiedad. La sangre fresca llegaba como llovida del cielo: La montaña había acudido a Mahoma. No es que le apeteciera pasar la noche con Teresa. Hubiera deseado quedarse en el dormitorio de Sandra, aunque sólo hubiese sido para contemplarla dormir. Pero… la dejaría en trance para beber de ella y la mandaría de vuelta a casa.
Eso le bastaría para relajarse.


Sandra corrió descalza por la acera y llegó justo antes de que la puerta automática hiciese el clock definitivo.
_” ¡Bien!” _pensó. _” ¿Y ahora qué, lista? Ella entrará en la casa y tú te quedarás encerrada en el jardín”.
De puntillas avanzó silenciosamente hasta la vivienda para ver como Teresa entraba y, gracias al cielo, dejaba la puerta entreabierta. 
Sandra cruzó el umbral y pegó su espalda contra la pared.



La casa estaba a oscuras pero pudo ver claramente a su amiga en mitad del enorme recibidor porque la luz de la luna entraba a raudales por una enorme cristalera.
 Teresa tenía una pose del todo seductora con sus caderas hacia delante y su gesto relajado. Hablaba con voz baja y ronca.
Era puro sexo.

Pero cuando pudo apartar los ojos de la zorra de su amiga se dio cuenta de que el sexo de verdad estaba al otro lado de la habitación.
Una silueta escultural, recortada por el fuego de la chimenea que tenía detrás, se apoyaba de brazos cruzados en el marco de la puerta.
_” ¡Presta atención, estúpida!” _ se reprendió. _“¡Llevan un buen rato hablando y estás en la inopia!”

_ “…. te mereces algo mucho mejor… Sandra es medio monja. Por lo que me contó de su matrimonio, dudo que alguna vez tuviese un orgasmo en condiciones…”

_ “¿Será guarra? ¿Qué sabrá ella de mis orgasmos? Bueno… no es que mi vida sexual con Luis haya sido para echar cohetes pero…”

_ “…. no querrás dejarme marchar. Soy como el fuego.”

Su vecino comenzó a caminar y de repente, Sandra fue consciente de la situación en la que estaba metida. Cerró los ojos, como si con ello pudiera volverse invisible y empezó a pensar en cómo salir de allí.

La sensual voz masculina la sacudió hasta los cimientos.
_ Pues mira. El caso es que no me gustas nada y menos cuando hablas así de una persona a la que llamas “amiga”, pero ya que estás aquí….

El rostro del vecino comenzó a contraerse y a pesar de la penumbra, las dos mujeres pudieron ver con claridad unos largos colmillos que brillaron a la luz de la luna.
Sandra se quedó congelada en las sombras y se llevó las manos a la boca para sofocar cualquier grito.
Teresa, presa del pánico, dio un paso atrás.


A un gesto de su mano, la mujer que tenía delante entró en una especie de trance. Sus hombros se relajaron y pareció como si se hubiera quedado dormida de pie.
Con parsimonia, recortó los dos pasos que apenas les separaban y la sujetó por los hombros.
Ya era suya. Con el poder de su mente le hizo actuar como una autómata, obligándola a ladear la cabeza y a ofrecerle su cuello. Y… justo cuando iba a hincarle el diente, un delicado aroma le hizo parar en seco.

¿Qué hacía Sandra en aquella habitación?

Comentarios

  1. mmmmmmm que intriga!!!! No puedes ser tan mala y dejarnos en ascuas!!!!!! socorro!!!!!!!!

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  2. Tengo que conseguir que quieras leer el próximo...
    Y tu sabes que.. me encanta ser "mala" jajaja

    Al menos un poquito.

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