Nada es lo que imaginas..Capítulo 10

Décima entrega de la novela corta

NADA ES LO QUE IMAGINAS


CAPÍTULO 10


Era verdad, absolutamente verdad. Se sentía como una estúpida mojigata que acababa de desaprovechar la oportunidad de tener a un macizo para ella solita.
_”Pero ¿Qué demonios estoy pensando? No es un hombre, es un monstruo. Sandra, Sandra. Céntrate. ¿Estás pensando en cepillarte a un vampiro?”

Se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación.
A lo mejor era porque ella escribía sobre vampiros un tanto románticos, pero el caso es que no le veía como algo amenazador. Pero era un VAMPIRO. Tenía que ser consciente de ello.
Caminó hasta la ventana.
_Teresa tiene razón _dijo en voz alta. _Soy una imbécil pero es que ni siquiera sé cómo se llama.
Giró sobre sus pasos y se dirigió a la puerta del cuarto mientras continuaba hablando.
_ Por otro lado ¿Qué más me da? Para echar un polvo no hace falta que me cuente su vida. 
Regresó al punto de partida mientras continuaba su monólogo.
_ Es un vampiro, tonta. Ni se te ocurra pensarlo.
Y de allí caminó otra vez hasta la ventana.
_ Deberías aceptar… o tendrás que quitarte las telarañas con espátula. No es como si tuvieras cola en la puerta.
Y desde la ventana paseó de nuevo hacia la cama.
_ Sandra, Sandra… 
Se sentó y su mirada quedó fija en los dibujos de la alfombra.
_No sé qué hacer.


_ ¿Cómo se le había ocurrido semejante estupidez? 
Maldito instante en el que creyó que ella caería a sus pies. ¿Cómo pudo pensar que se rendiría a sus encantos? Había interceptado unas cuantas miradas en la presentación y después en el coche, pero debió ser consciente de que no estaba interesada cuando le dio con la puerta en las narices.
La próxima haría bien en no dejarse guiar por sus pelotas y usar un poco el cerebro.
¿En qué coño había estado pensando?
Fue al mueble bar y buscó una botella de whisky, se sirvió un vaso generoso y dio un buen trago. Su estómago no toleraba apenas los alimentos, pero si podía beber. Al menos ese placer no le había sido negado.

Aunque para aplacar sus nervios necesitaría algo más que plasma sintético esa noche…




Salió con tanta prisa que se dejó las luces del salón encendidas.
Se había puesto aquél conjunto de lencería que le regaló Luis, su marido, en las últimas navidades que pasaron juntos y que nunca llegó a estrenar. Una falda tubo y un suave jersey de angora. Se cepilló la melena y la dejó suelta para no parecer tan clásica. Se miró al espejo y suspiró. 
_ Parezco mi madre…
Se quitó las gafas, pero decidió ser  sensata y volver a ponérselas. Mejor era no tropezar con nada.


_ ¡Estás loca! ¡Estás loca! ¡Estás loca! _repetía en voz baja, como una letanía, mientras cruzaba el jardín a toda la velocidad que le permitía la estrechez de la falda.
No llegó a la esquina, tuvo el tiempo justo de esconderse  al ver un coche que le sonó familiar. 

_ “¿Qué hace Teresa aquí?”

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