Nada es lo que imaginas... Capítulo 4

Cuarta entrega del relato: NADA ES LO QUE IMAGINAS.


CAPITULO 4


Desde el despacho podía ver su dormitorio con las luces encendidas. Su vecina estaba preciosa con aquél vestido verde, con su larga melena meciéndose suave sobre los hombros.
Parecía que iba a salir.

Suspiró y se arrellanó en su sillón. 
Llevaba ocho meses sintiéndose como James Stewart en la película de Hitchcock. Ocho meses observándola escribir, correr en la cinta andadora, leer, comer... escondido en su casa, como un vulgar voyeur. Desde que tropezó con ella en la puerta de su casa, el día de su llegada, no había parado de observarla. Su razón quedó bloqueada al tenerla tan cerca, tanto que había decidido evitarla y  no volver a encontrarse con ella. Sus desquiciados sentidos hicieron el resto. Sintió su cuerpo firme, su tacto suave, su olor sensual… y eso casi lo volvió loco.

La vio marcharse y subir al taxi.
Y después de ver desparecer el coche, se levantó y cogió un vaso bajo del mueble bar para prepararse un whisky solo.


Estaba bebiendo tranquilamente cuando escuchó un ruido metálico, un fuerte golpe que le hizo ponerse alerta. Fue hasta la ventana, la abrió y se quedó escuchando los sonidos de la noche.
La casa de su vecina estaba a oscuras, pero estaba seguro que el ruido había venido de allí. 

Por un momento pensó en actuar como una persona normal y llamar a la policía. Pero no, no podía llamar la atención sobre su persona y si avisaba de un posible robo, tendría que dar la cara y le harían preguntas. Así que decidió bajar y echar un vistazo él mismo.

Saltó la cerca divisoria entre las dos propiedades sin demasiados problemas y pegó su espalda a la pared de la vivienda.
Silencio.
No parecía haber nada en el interior, pero tendría que asegurarse.

La puerta de atrás no cerraba bien. Había visto a Sandra maldecir más de una vez al no poder atrancarla.
Dio la vuelta a la propiedad e intentó girar el pomo.
Bingo.
Estaba abierta.

Entró sigiloso a la cocina y prestó atención.
No se escuchaba nada.
Al avanzar golpeó un pequeño objeto que rodó por el suelo. Y entonces encendió la luz y vio el destrozo.
Un cuenco metálico estaba boca abajo a sus pies y había un montón de nueces a su alrededor por  el suelo. En un rincón, Decker, el hermoso gato persa de Sandra, estaba sentado mirándole con descaro, golpeando con su cola en el suelo con ritmo lento.

_ ¿Así que has sido tú? Menuda fiesta has montado.
 Vamos… recojamos todo esto antes de que vuelva tu dueña y tropiece con esos altos y sexys tacones que hoy lleva puestos.


Bajo la mirada atenta del gato, recogió todas las nueces y puso el cuenco sobre el mueble de la cocina. Ya iba a marcharse cuando se paró en seco y pensó: _ “¿Por qué no? Siento curiosidad…”
Apagó las luces y se adentró en la vivienda, mirando de cerca lo que tantas veces había espiado desde su ventana. Recorrió las distintas habitaciones y paseó por la casa examinando atentamente todos y cada uno de los rincones. Cuando llegó al dormitorio se quedó mirando un objeto que había sobre el sofá. 
Un libro.
El libro que ella había tenido entre sus manos hacía tan solo una hora.

Lo sujeto entre sus dedos y leyó en voz alta: “Nada es lo que imaginas”
Le pudo la curiosidad.  Se sentó y lo abrió por la primera página.

Media hora más tarde leía con avidez y una sonrisa se dibujaba en su cara.
_”Así que esto era”….” El prota soy yo….”

Continuó leyendo y minutos más tarde su sonrisa se transformó en sorpresa y después en enfado.
Tiró el libro, se levantó y comenzó a caminar en círculos.
_ ¡Lo sabe!
¿Cómo es posible que me haya descubierto?
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! 

¡No lo entiendo!



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