Nada es lo que imaginas... Capítulo 2

Segunda entrega de la novela corta: "Nada es lo que imaginas...."

NADA ES LO QUE IMAGINAS - Capítulo 2


Pasaban las dos del mediodía cuando Sandra despertó por fin. Levantó el antifaz que cubría sus ojos y miró el despertador.
_”Hora del desayuno” _pensó.
Desde hacía mucho tiempo se sentía como un ave nocturna, y lo normal para ella era despertar al mediodía.
Y el motivo era muy simple: Escribía mejor por las noches.
Desconocía si la ausencia de ruidos en la calle la ayudaba a concentrarse, pero el caso es que no conseguía estar “despierta” hasta bien entrado el día. Sin embargo, a la caída del sol sus sentidos se agudizaban y se sentía activa.
Para ella era el mejor momento para trabajar.
De todos modos, vivía sola, así que podía organizarse los horarios como quisiese. Y además, se encontraba inmersa en la creación de una nueva novela y eso le simplificaba mucho las cosas:
Levantarse. Ducha y desayuno. Hacer algo de ejercicio. Escribir. Almuerzo. Descansar un poco. Volver al trabajo. Cenar y acostarse.
Como todo el mundo.


Normalmente no hacía deporte fuera de casa, pues tenía un pequeño gimnasio habilitado en el desván. Pero el invierno se sentía generoso y estaba dejando paso a una prematura primavera.
El día era soleado y la temperatura muy agradable.
_ ¿Llover, quién pronosticó que iba a llover? _dijo en voz alta mientras sacaba la cabeza por la ventana del comedor observando el cielo.
Subió al dormitorio y se puso unos leggins, una chaqueta ligera y unas deportivas y se lanzó a la calle.

Media hora más tarde regresaba exhausta por la carrera y empapada, pues el cielo se había ennegrecido de repente y la lluvia caía torrencial.
Avanzaba despacio, pues llevaba las zapatillas encharcadas y pesaban los suyo, e iba pensando en cómo se le había torcido el día, cuando casi tropezó con un individuo que salía de la puerta adyacente a la suya.
No tuvo más remedio que frenar pues el hombre ocupaba gran parte de la acera. 

Su vecino.
Su imponente vecino.

Se abrió un enorme paraguas, salido de la nada, y la lluvia cesó sobre sus cabezas.
_ Mal día para salir a correr… _anunció una voz sedosa y profunda.
_ Cuando yo salí no llovía _respondió Sandra embobada con su interlocutor.
_ La primavera es traicionera.
_Sí.

Sin pronunciar ni una sola una palabra más avanzó junto a ella protegiéndola de la lluvia con el enorme paraguas. Acompañándola hasta la puerta de su casa.
Ella le siguió con la mirada, cuando se despidió con una leve inclinación de cabeza, y avanzó por la avenida bajo la lluvia.

Al cerrar la puerta de su casa, se miró en el espejo de la entrada para darse cuenta de que aún tenía la boca abierta. 
Menudo hombretón. Era alto, mucho más que ella, pues recordó que tuvo que alzar bastante el mentón para verle la cara. Al levantar su rostro, sus ojos pasearon por el escultural torso que quedaba esculpido por su ceñida camiseta, y que se vislumbraba por la chaqueta de cuero entreabierta. Llegó a sus ojos y vio una mirada fría, del azul más gélido que hubiese podido imaginar, aunque no la examinaba con disgusto sino con curiosidad. Su piel parecía de porcelana y sus rasgos estaban esculpidos en piedra.
Y su voz…. 
Casi se había derretido al escucharle.

Era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

Y ella que había pasado semanas buscando inspiración entre los famosos para el protagonista masculino de su novela… y lo tenía al lado.
Justo al lado de su casa: Su vecino.
Tenía que ponerse a escribir. Ya.

Era imperativo.



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